Visións XXXVI

xoves 13 marzo 2014

Ayer vi a la primavera. Caminaba estirada sobre finos zapatos de tacón. Sus largas y esbeltas piernas cubiertas con medias negras, terminaban en una minifalda, también negra, muy corta y ceñida. Una blusa de seda, de color azul claro, sin mangas, con pliegues que disimulaban su ligera transparencia, cubría su busto erguido con elegancia. El pelo, liso y negro, se ordenaba en una radiante melena que caía por encima de sus hombros. Su cara morena y juvenil mostraba seguridad y suficiencia en el gesto. Sus ojos oscuros se cruzaron con los míos en un hecho que provocó mi inquietud. Mantuve la mirada firme, con curiosidad, hasta que ella levantó la suya girando la cabeza hacia el frente, llegando a la conclusión de que aquella energía prematura no calentaría mis huesos fríos, que ya precisan de una estación avanzada con más calor.

Entretanto, el sol de marzo lanzaba sutiles rayos que atravesaban las ramas de los árboles desnudos alcanzando tibiamente mi piel. Y cegaba mis ojos con fugaces espejismos reconfortantes; mientras sucumbía inmerso en nostálgicos recuerdos venideros.

 

Ayer huía de la noche bajo las farolas inmóviles y vigilantes. Escapaba a través del cansancio, dejando tras mi espalda huellas borrosas de sucesos inesperados. Cuando me desperté arrastré hasta mi memoria los recuerdos más nítidos que pude retener. Qué joven era en otro tiempo, cuando me deslizaba despreocupadamente a través de las miradas femeninas que buscaban despertar mi interés. Qué joven me sentí por un momento al recordar los hechos ocurridos la noche pasada. Al percibir los movimientos nerviosos, las miradas sucesivas, las palabras cortas, de aquella chica que pretendía reclamar para ella toda mi atención;  al sentir la mirada fija y deslumbrante, hipnótica, de aquella otra joven de piel oscura, atrayéndome inconscientemente hasta sus labios.

Y en mi pensamiento se instalaron los versos de aquella canción: “vuelve el oscuro animal, que hay dentro de mi, a pacer en el radiante azul del ayer”. Y la penumbra se tornó en luz brillante, como cuando se encienden las bombillas de colores que adornan las verbenas en las noches de verano.

 

Ayer tarareaba una canción que calmaba con soplos de frescura el dolor ocasionado por heridas todavía no cicatrizadas. Su alargada melodía endulzaba mis sentimientos, a la vez que estimulaba mi determinación. Era un helado de chocolate saboreado en el caluroso atardecer de la juventud. Sueña conmigo, decía. Miénteme a través del teléfono y no me digas la verdad, si es dolorosa, pues ya hay suficiente en mi vida para hacerme sentir triste. Sueña conmigo, sólo sueña con el color que llena nuestras vidas; sólo sueña con una noche más… Y quiero ser tuyo. Y quiero que seas mía, durante mucho tiempo. Así que sueña con nosotros.

La melancolía cosiendo con hilo transparente los inapreciables atisbos de amor, hasta conseguir crear una prenda capaz de abrigarme en el invierno del porvenir.

 

Hoy me he sorprendido mirando al cielo azul. Ausente de nubes, quizás quise encontrar alguna explicación, más allá, en el universo que hay detrás. Sin embargo me detuve en la luna, suspendida, parcialmente invisible. Qué esconderá en su cara oculta, esa luna plateada, que no me permite descubrir lo incierto de mi existencia.

 

Ahora mitigo mi impaciencia con el sosiego que desprende la noche estrellada y silenciosa. La esperanza impregna de optimismo el mañana que me aguarda. La esperanza… (¡la esperanza es la vida misma defendiéndose?)






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