Visión XLIV

domingo 28 xuño 2015

Con el paso del tiempo he intentado percibir lo cotidiano desde perspectivas distintas a las habituales. Y ello con el objetivo de obtener resultados diferentes que me permitieran conseguir una visión más amplia de las cosas. De esta forma, un hecho que me ha ocurrido hoy, que fácilmente hubiera pasado desapercibido, me ha llevado a una conclusión perturbadora.

Esta mañana acudí a un banco con un cheque al portador de algo más de mil euros. Me disponía a cobrarlo en efectivo. Tras entregárselo a la empleada de caja, me pidió mi DNI. Al teclear el número y aparecer mi ficha en la pantalla del ordenador, esgrimió una mueca de desconfianza. Me advirtió de que había dos problemas.

Uno acaba sorprendiéndose de cómo siendo un ciudadano anónimo, el simple hecho de ser español, te lleva a infringir las leyes sin haber hecho absolutamente nada. Es decir, un día te acuestas dentro de la ley y al día siguiente te levantas como un infractor. Así como lo cuento. Y ya no tienen que venir las fuerzas de seguridad a indicarte que has cometido un delito. Ni un fiscal a acusarte de la violación de cualquier artículo de no sé qué norma. Ni siquiera un juez que descargue sobre ti todo el peso de la ley. Pues no. Basta un simple empleado bancario para situarte al margen de la ley. Y lo que es peor: atacándote directamente al bolsillo, sin juicio previo, sin abogado que te defienda, sin sentencia que te castigue. Y ahí estás tú, sorprendido pero indefenso, desquiciado pero desprovisto de razón, sin dar crédito a lo que sucede pero sin recibir tu dinero.

Así, por una ley de blanqueo de capitales, estoy obligado a tener mi DNI escaneado en la oficina bancaria donde vaya a cobrar cualquier dinero (problema número uno). En el caso que me ocupaba (problema número dos), el hecho de estar en una cuenta que mis padres tienen en ese banco (que yo no utilizo para nada, personalmente tengo mi cuenta en otro banco) me obligaba, además, a comunicar si trabajaba o no, en qué empresa, en qué categoría, si era fijo o temporal, y mi retribución. Mi asombro e incredulidad entiendo que se manifestaron con tal descaro en mi expresión, que la empleada se apresuró en indicarme que esto era igual para todo el mundo, que ella nada tenía que ver en dicho asunto. Además me pedía mis dos últimas nóminas para acreditar mis circunstancias. De no aportarlas no podía pagarme el cheque.

Acostumbro a no detenerme en los laberintos administrativos. Si puedo solucionarlo cumpliendo las exigencias requeridas lo hago cuanto antes. La burocracia administrativa os aseguro que puede llegar a ser desquiciante. Es capaz de consumir al más obstinado, agotar al incansable, aburrir al más osado. Pero tragar con algo que se sale por el polo opuesto al sentido común me irrita. Y cuando mi irrito me vuelvo desafiante, y trato de convencer a mi contrincante desubicándolo en la conversación, sacándolo de sus argumentos, hasta que lo instalo en la duda. El celo de aquella empleada bancaria por hacer su trabajo a la perfección acabó provocando mi indignación. A pesar, así se lo hice saber, de que tenía claro que ella no era para nada culpable de aquella situación. Así que le pregunté qué debería aportar si fuera desempleado. Me dijo que, en ese caso, nada. Esa fue mi baza. Le indiqué esa solución. Ella, que sabía que era mentira, empezó a dudar, haciéndome constar que debería firmar un documento con esas circunstancias, y que, al cruzar los datos, quién fuera, detectaría el engaño. Yo me mantuve firme en que era eso lo que deseaba. Buscó refugio en una compañera, la cual encontró la solución dando por buena la comunicación verbal que yo hacía referente a los datos solicitados. Y así cumplí con la legislación vigente y pude cobrar mi cheque, objetivo inicial, que no obstante, me llevó más de media hora.

Pero el referido es un problema intrascendente. Lo que subyace de esta situación es lo realmente preocupante. Vivo en un país donde la libertad ha sido restringida hasta unos límites alarmantes. La multitud de leyes que se han dictado, con sus respectivas restricciones, han ido menoscabando la autonomía individual. En un proceso constante, encubierto, impregnado de una publicidad engañosa, poco a poco los respectivos gobiernos han ido limitando el alcance de nuestro grito de libertad, convirtiéndolo en suspiro, ahogando nuestra independencia, sometiendo cualquier iniciativa que pudiera rozar con los intereses de los poderosos. Y el silencio se va imponiendo progresivamente a aquellos que pretenden denunciar dicha injusticia. Además, un aparato descomunal de información percute diariamente hasta cambiarle el sentido a la realidad, apoyado en medios de comunicación comprados con publicidad institucional, personajes de escasa relevancia elevados a las alturas con el objetivo de que proclamen las “supuestas” bondades del sistema, leyes dictadas caprichosamente para favorecer intereses particulares, medidas vendidas como de “interés general” que oprimen hasta la extenuación al individuo, a ese ciudadano anónimo, que ya evita respirar hondo ante el miedo a que se dicte alguna tasa que grave el consumo de oxígeno.

Y en medio de todo eso estoy yo. Pero también estás tú. Y ahora, tras leer este relato, te pones de mi lado. Aunque lo haces inconscientemente. Pronto te olvidarás y te encontrarás apoyando al sistema que te oprime sin darte cuenta, actuando en su favor, siguiendo injustas directrices aunque perjudiquen al paisano de turno. Estarás criticando a esos pocos que tratan de hacerte ver el precipicio al que nos conducen; estarás criticándome a mí. Estarás defendiendo el sistema con orgullo y arrogancia, en contra de aquellos pocos “diferentes” que se oponen. Y acabarás denunciándome allá por donde vayas, donde quiera que te encuentres, aunque no percibas mi cara en la de esos denunciados. Y estarás del otro lado. Y ello, porque no te has parado a pensar, porque te has dejado llevar por la manada numerosa. Y no has sido capaz de reflexionar tan solo un momento en el daño que puedes estar haciendo, en el perjuicio que te puedes estar causando.

Piensa. Observa donde estás. Mira quien está en la parte contraria. Si no tienes nada en común con tus semejantes, no seas tan necio como para apoyar a los de la otra parte. Y recuerda que tú eres el principal causante de los problemas que sacuden a la sociedad de este país. Al menos, trata de actuar con responsabilidad.






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